martes, 27 de mayo de 2014

Trabajando en las imperfecciones


Pedro, el apóstol de Jesucristo, convivió muy cerca de su maestro por tres años antes de fallarle de manera artera, al negarle y abandonarlo. La historia de ambos no concluyó con la pesada loza de la traición, pero tampoco con la reconciliación que vivieron pocos días después. La relación con Jesús transformó a Pedro de un hombre un tanto arrebatado, en un hombre lleno de madurez y de sabiduría; en un hombre sensato, prudente y con un carácter curtido y firme, justo el Pedro en encontramos reflejando a su maestro en las cartas que escribió unos 30 años después de que el segundo canto del gallo le recordara su ofensa la noche en que Jesús fue aprendido.

Los recurrentes equívocos de Pedro no cesaron con el fluir del Espíritu de Dios en la fiesta de Pentecostés y las fabulosas muestras del poder sobrenatural de Dios a través de su vida y obra. Sus errores llegaron a la magnitud de tener que ser reprendido públicamente por uno de sus compañeros apóstoles. Al final lo logró.

No hay otro Jesús ni otra guía, fuera de Su palabra para indicarnos el camino. Las fallas personales sin duda nos desaniman y merman nuestra confianza ante los demás, pero si hemos atendido a la sabiduría de Dios y  a su inteligencia hemos inclinado el oído lo que nos resta es seguir remando mar adentro.

Para Reflexionar: Reconocer fallas en el carácter es camino de toda una vida para muchos; pero, es sólo una estación a la mitad del viaje rumbo a solucionarlas.

Edgar Medina, Monterrey, México.

lunes, 19 de mayo de 2014

¿Por dónde comenzar?


La sabiduría es mucho más que un privilegio, es la herramienta que se usó para fundar la tierra. La sabiduría no sólo es saber qué hacer, sino saber cómo hacerlo. Nos agudiza los sentidos también para comprender el tiempo oportuno de hablar o callar; de moverse o parar.

Si la sabiduría es una herramienta entonces ¡no se nace con ella!, hay que buscarla y aprender a usarla. El entendimiento, en cambio, fue el cincel que dio forma a los cielos, se usó para las alturas y revela lo que está más allá de nuestras manos.

Si queremos cambiar ¿por dónde comenzamos? El primer paso es reconocer qué es lo que necesitamos cambiar y qué es lo que queremos llegar a ser. No saber dónde estamos y a dónde queremos llegar nos negará toda posibilidad de éxito significativo.

El segundo paso es determinarse a lograr el cambio que esperamos, en otras palabras: Estar dispuesto a pagar el precio que cueste.

Sin embargo, es imprescindible dar un tercero antes de cantar victoria —entrenarse. Es decir, aplicar decidida, disciplinada  y pacientemente lo que sabemos que debemos hacer. Es aquí en donde entra en función la sabiduría, pues nos ayuda a ‘aterrizar’ el conocimiento y llevarlo a la práctica. El no dejarse vencer por los traspiés que demos en el intento convertirá la práctica en una habilidad y más tarde en un hábito. Renovar tus hábitos  te redefinirá como persona… habrás cambiado entonces genuinamente.

Para Reflexionar: Decídete a cambiar por alguien que sea capaz de trascender.

Edgar Medina, Monterrey, México.

lunes, 12 de mayo de 2014

¿Qué quieres para otros?



El líder busca oportunidades que representen el desafío de cambiar, mejorar, innovar, y mejorar las vidas ajenas. Un buen líder no se anda con contemplaciones cuando se trata de procurar que todos tengan oportunidades, crecimiento, desarrollo y aun el chance de probar, errar y ser bien recibidos por ello. ¿Quién de nosotros no ha pasado por esa sensación de miedo a fracasar? Pero también ¿quién de nosotros no agradece profundamente a esos líderes experimentados que nos permitieron y aun nos animaron a probar y equivocarnos, sabiendo que es parte del proceso de formar nuevos líderes?

La sociedad moderna nos llama a no aceptar el fracaso. A rechazarlo, condenarlo y proscribirlo como un mal casi mortal. Un buen líder sabe que mientras sus seguidores  no tengan la oportunidad de ensayar aun con riesgo de equivocarse, serán mediocres. Un buen líder no quiere el fracaso de sus seguidores, pero lo admite, porque sabe que así crecerán y se fortalecerán. El punto está en la intención de un buen líder.

Un buen líder hará a los demás lo que quisiera que le hicieran a él mismo. Entre otras cosas reconoce que él también tuvo fracasos y ensayos fallidos y que fue una buena forma de aprender y crecer.

Cuando Jesús enseñaba a sus discípulos no pretendió hacer las cosas por ellos. Los enviaba con instrucciones claras y enseñanzas precisas que les permitiera crecer en su auto confianza. Pero lo hizo a sabiendas de que muchas veces fallaría. Su amor por ellos le permitía aceptar sus imperfecciones y fallas. Jesús hizo con sus discípulos lo que esperaría que hicieran con El.

Para reflexionar: Un buen líder anima a sus seguidores a que intenten una y otra vez hasta que ve en ellos el progreso dado por la experiencia.
           
Hebert Reyes Bogotá-Colombia.

lunes, 5 de mayo de 2014

Reconociendo el peligro


Supe de unos hombres que se enteraron de que a un día de camino en burro encontrarían un excelente sitio para cazar venado; sin dudarlo emprendieron el viaje. Sus familias les esperaban de regreso en tres días, pero eso no ocurrió. Con las limitadas comunicaciones de las zonas rurales de México a mediados del siglo pasado —cuando eso pasó—, no restaba más que esperar o mandar buscarles.

Finalmente, y con mucho retrazo, volvieron los hombres de su viaje, la razón de su tardanza era que se habían tenido que regresar caminando. Contaron que al llegar al sitio indicado esperaron que anocheciera para iniciar su cacería, con los primeros rayos del amanecer descubrieron que no sólo no habían cazado ningún venado… ¡habían matado a sus burros!

Esta historia la escuché siendo un niño, y me ilustra lo fácil que resulta equivocarse. Personalmente jamás he intentado cazar un venado, pero sé que no es tarea sencilla, son animales instintivamente atentos a lo que ocurre a su alrededor. Los venados detienen su marcha, de cuando en cuando, y literalmente inclinan sus oídos a fin de asegurarse de que no hay algún peligro merodeando.

Bien vale que detengamos nuestro acelerado andar periódicamente, será entonces más sencillo reconocer el peligro que nos aseche y escuchar la voz de Dios.

Para Reflexionar: Reconocer el peligro es más una cuestión de carácter que de inteligencia.

Edgar Medina, Monterrey, México.