martes, 28 de octubre de 2014

Un corazón si rencores


La ira o enojo es una de las emociones más complejas de gestionar con sabiduría. El enojo puede contaminar el corazón del hombre, si no se maneja adecuadamente, pudiendo degenerar en amargura, rencor, odio, deseos de venganza y violencia; e incapacidad para perdonar.

Esta verdad podemos apreciarla en las enseñanzas de Jesús, en su discurso del Sermón de Monte, acerca de las Bienaventuranzas. “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare (asesinato premeditado) será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio…” (Mateo 5:21-22).

No se refiere al enojo puntual y momentáneo, sino al enojo que se alberga por largo tiempo en el corazón, vale decir, al enojo carnal. La expresión “cualquiera que se enoje contra su hermano está en presente participio, indicando que se trata de un enojo continuo, permanente, sostenido; que no perdona.

Jesús está hablando aquí de enojo (orguê), que se refiere a un enojo viejo, añejado, permanente, que se niega a perdonar. Es el enojo contra el cual también amonesta el apóstol Juan: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida…” (1 Juan 3:15). Este es el enojo que retiene el perdón, y contra el cual el Señor Jesús expresa: Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas” (Marcos 11:26).  

Para reflexionar: “No se ponga el sol sobre tu enojo” (Efesios 4:26). Vale decir “no pases todo el día enojado”, “no dejes que se ponga el sol y tú todavía permanezcas enojado”.


Arnoldo Arana. Valencia-Venezuela. 

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