miércoles, 10 de diciembre de 2014

La verdadera paz


La verdadera paz no es la paz que tiene que ver con la ausencia de conflictos o el juego favorable de las circunstancias; esa es la paz como el mundo la da, pero Jesús dice “no os la doy como el mundo la da”. La verdadera paz proviene de una correcta relación con Dios, quien es la fuente de la paz.

La paz que Dios da, nos permite vivir en calma, sosiego y tranquilidad aun en medio de conflictos y problemas. Esta paz no está condicionada por el juego favorable de las circunstancias, por lo que se puede andar en paz en medio de tribulación y problemas, si se camina con Dios. La paz no es un signo que caracterice nuestro tiempo. El mundo no ofrece verdadera paz. Esa paz verdadera sólo proviene de Dios, y sólo quien ha arreglado sus cuentas con Dios y le tiene en su corazón, y anda en comunión con Él, puede experimentarla; y sólo quien tiene paz puede ofrecerla.

La paz de Dios se traduce en un estado mental de serenidad y quietud; de optimismo a pesar de los escenarios difíciles. Esta paz se traduce también en gratitud y armonía en las relaciones.

Somos llamados a estar en paz con los demás en lo que respecta a la parte que nos compete a nosotros en una relación (iglesia, familia, trabajo, comunidad, etc.). “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 12:18).

Partiendo de la esperanza y la vivencia de paz que trae Dios a nuestro corazón, necesitamos convertirnos en agentes de paz y reconciliación, en nuestros matrimonios, familias, iglesias, comunidades y naciones. Esa es una bienaventuranza a la que todos necesitamos aspirar, tal como lo expresó Jesús: Dichosos los que trabajan por la paz,    porque serán llamados hijos de Dios”(Mateo 5:9 – NVI).

Para reflexionar: La paz de Dios nos capacita para vivir con serenidad y para centrarnos en la vida en nuestro presente, y vislumbrar un futuro esperanzador.

Arnoldo Arana. Valencia-Venezuela. 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

El perdón libera del estancamiento espiritual y emocional




El perdón tiene el potencial de liberar el corazón del resentimiento y el sufrimiento que aprisionan al corazón que ha sido ofendido  y agraviado.

El perdón permite retomar la vida después de haber experimentado ofensas, agravios y perjuicios por otra(s) persona(s). Más aun cuando hemos sufrido heridas existenciales (abandono paterno/materno, asesinato de un ser querido, abuso sexual, etc.).

Al no perdonar las heridas no sanan, y la persona se queda anclada en el sufrimiento y el resentimiento; y esas heridas las llevan al matrimonio, a la vida laboral, a su rol como padre o madre, etc., con un efecto negativo en esas áreas. Vivir resentido o victimizado en el sufrimiento es un trabajo muy demandante que consume mucha energía y tiempo, que dejan ser utilizados en actividades más productivas y creativas.

La actitud de perdonar permite sanar las heridas emocionales, reorganizar su vida, desarrollar una actitud resiliente ante la tragedia vivida, y continuar hacia adelante, sin amargarse y autodestruirse.

Cuando perdonamos detenemos la cadena de dolor – enojo, asimilamos la experiencia, sanamos las heridas, generamos aprendizajes, y continuamos con la vida. De esta forma traemos salud al cuerpo y a la siquis.

La falta de perdón, por el contrario, nos mantiene en el sufrimiento y el resentimiento. Y desde esos estados emocionales es imposible crecer. Es como si al elegir rumiar nuestras heridas y ofensas recibidas, nos paralizáramos y detuviéramos nuestro desarrollo humano. Cuando nos aferramos al dolor añejo, la autocompasión empaña nuestra capacidad de dar a los demás y, al asumir el papel de mártires, nos sentamos a esperar que alguien mágicamente resuelva nuestra vida.

Para reflexionar: Sin perdón no podemos crecer ni fortalecernos con la adversidad. No lograremos tampoco ser resilientes.

Arnoldo Arana. Valencia-Venezuela.